Grace Melbury, la preciosa y delicada hija de un próspero maderero que haría cualquier cosa por ella, regresa al pequeño pueblo de su infancia después de haber recibido una refinada educación lejos de allí. Su reencuentro con quien siempre estuvo destinado a ser su marido, Giles Winterborne, les revela a los dos que, pese a todo lo que él pueda amarla, no está a la altura de sus nuevas expectativas sociales y, en cambio, sí lo está el nuevo médico de la región, el aristocrático Edred Fitzpiers, que aparece rodeado de libros y de un raro halo de misterio. La relación que se establece entre los tres se verá salpicada de malentendidos y traiciones, pero también de una devoción y una lealtad que conducirán a un desenlace extraordinario.
Uniéndome a la lectura conjunta que organizaron Magrat y Elena, me adentré en este Hardy, que al principio me dejó muy descolocada y que he necesitado tiempo para reposar.
Acostumbrada al Thomas Hardy que te atormenta el alma, esta historia que empezó prometiendo en algún momento me empezó a saber a poco. Principalmente porque no conectaba con ningún personaje, ni con Grace, que me parecía una veleta del momento, ni con el triángulo amoroso que no sabía ni por donde cogerlo. Y al único personaje al que le veía fuerza estaba apartado, convertido en un secundario muy esporádico.
Y a pesar de todo esto no quería dejar de leer, porque es una novela preciosamente escrita. El ambiente te llama y de pronto estás en ese bosque, que parece tan lleno de secretos y misterios.
Sin embargo me costaba creer que se conformara con una novela tan conformista. Y he aquí, que a unas cien páginas del final, se hizo la luz y apareció el Hardy apasionado, el que te recuerda que la vida puede ser muy injusta, y que te hace reflexionar.
Al acabar la novela, aún no sabía cómo tomarme el final, pero cuanto más lo pensaba más me gustaba. A día de hoy, que ya han pasado unas semanas, estoy muy satisfecha, lo volvería a leer con gusto, dándole otra visión a lo que al principio me costó encajar.
No puedo creer que en algún momento dudara. Thomas, no me lo tengas en cuenta.
