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domingo, 7 de febrero de 2016

Sidra con Rosie (Laurie Lee)

«Los últimos días de mi infancia fueron también los últimos días de la aldea. Yo pertenecía a aquella generación que vio, por casualidad, el final de una vida milenaria. [...] Yo, mi familia, mi generación, nacimos en un mundo de silencio; en un mundo de trabajo duro y necesaria paciencia, un mundo de espaldas dobladas hacia la tierra, cuidado manual de los cultivos, dependencia de la meteorología y de la cosecha; un mundo en que las aldeas eran naves en paisajes vacíos y las distancias entre ellas largas; un mundo de caminos marcados por cascos y ruedas de carretas, no hollados por la gasolina y el petróleo, apenas transitados por las personas y casi nunca por placer, por los que lo que más rápido se movía eran los caballos.»

Sidra con Rosie es como una poesía hecha novela. No es una historia lineal, se trata de anécdotas, de recuerdos de la infancia, de aquí y allá, de dejarte llevar a esa campiña desaparecida entre colores y olores. 


De conocer a la familia de Laurie a través de sus propios ojos: a sus tíos, tan dispares y misteriosos, a sus hermanos y hermanastras, abandonados por un padre que va más que vine, sus primeros días de colegio, a sus vecinos más originales, y a su madre, tan perfecta en sus imperfecciones en el capítulo más bonito de todo el libro. También conoceremos a Rosie, abriendo una puerta que no se puede cerrar.

Pese a que muchas de las cosas que cuenta son tristes, en ningún momento el autor se deja de llevar por el victimismo o la pena. Siempre habla desde el cariño y la nostalgia. De esos tiempos que no volverán. De cómo cambió el mundo en un instante con el fin de la Primera Guerra Mundial.


Las memorias de Laurie Lee continúan en As I walked out one midsummer morning (1969) y A moment of war (1991). ¿Sería mucho pedir una traducción?